Declaración de independencia del Reino de Helcëdôr.
Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para
un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro, y
tomar entre los reinos de la tierra el puesto separado e igual al que
las leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza le dan derecho,
un justo respeto al juicio de la Humanidad exige que declare las causas
que lo impulsan a la separación.
Sostenemos como evidentes por
sí mismas dichas verdades: que todos los Norteños son creados iguales;
que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que
entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad.
Que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los
reinos, que derivan sus poderes de la legitimidad sanguínea de sus
reyes. Que cuando quiera que una forma de Reino se haga destructora de
estos principios, el pueblo tiene el derecho a sugerir reformas, y
solicitar al monarca que se funde en dichos principios, y a conocer sus
poderes en la forma que ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar
su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se
cambie por motivos leves y transitorios Mandatarios de antiguo
establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la
humanidad está más
dispuesta a padecer, mientras los males sean
tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está
acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones,
dirigida invariablemente al mismo Rey, evidencia el designio de
someterlo de rodillas como un perro del imperio, es su derecho, es su
deber, derrocar ese imperio y proveerse de nuevas salvaguardas para su
futura seguridad y su felicidad.
Tal ha sido el paciente
sufrimiento de estos territorios; y tal es ahora la necesidad que los
compele a alterar su antiguo sistema. La historia del presente Emperador
de Guardia del Norte, es una historia de repetidas injurias y
usurpaciones, cuyo objeto principal es y ha sido el establecimiento de
una
absoluta tiranía sobre estos territorios. Para probar esto, sometemos
los hechos al juicio de un mundo imparcial. Ha rehusado asentir a las
leyes más convenientes y necesarias al bien público de estos territorios
ignorándolos durante años, prohibiendo a sus reyes sancionar aun
aquellas que eran de inmediata y urgente necesidad a menos que se
suspendiese su ejecución hasta obtener su consentimiento, y estando así
suspensas las ha desatendido enteramente. Ha reprobado las providencias
dictadas para la repartición de distritos de los pueblos, exigiendo
violentamente que estos renunciasen el derecho de representación en sus
asambleas, derecho inestimable para
ellos, y formidable sólo para los
emperadores tiranos. Ha convocado cuerpos inquisitoriales fuera de los
lugares acostumbrados, y en sitos distantes del depósito de sus
registros públicos con el único fin
de molestarlos hasta obligarlos a
convenir con sus medidas, y cuando estas violencias no han tenido el
efecto que se esperaba, se han disuelto las salas de representantes por
oponerse firme y valerosamente a las invocaciones proyectadas contra los
derechos del reino, rehusando por largo tiempo después de desolación
semejante a que se eligiesen otros, por lo que los poderes legislativos,
incapaces de aniquilación, han recaído sobre el reino para su
ejercicio, quedando las fronteras, entre tanto, expuestas a todo el
peligro de una invasión exterior y de convulsiones internas. Se ha
esforzado en estorbar los progresos de la población en estos estados,
obstruyendo a este fin las leyes para la naturalización de los
extranjeros, rehusando sancionar otras para promover su establecimiento
en
ellos, y prohibiéndoles adquirir nuevas propiedades en estos
territorios. En el orden judicial, ha obstruido la administración de
justicia, oponiéndose a las leyes necesarias para consolidar la
autoridad de los tribunales, creando jueces que dependen solamente de su
voluntad, por recibir de él el nombramiento de sus empleos y pagamento
de sus sueldos, y mandando un enjambre de oficiales oficiosos para
oprimir a nuestro pueblo y empobrecerlo con sus estafas y rapiñas. Ha
atentado a la libertad civil de los ciudadanos, manteniendo en tiempo de
paz entre nosotros tropas armadas, sin el consentimiento de nuestra
legislatura: procurando hacer al militar independiente y superior al
poder civil: combinando con nuestros vecinos, con plan despótico para
sujetarnos a una jurisdicción extraña a nuestras leyes y no reconocida
por nuestra legislación: destruyendo nuestro tráfico en todas las partes
del mundo y poniendo contribuciones sin nuestro consentimiento:
privándonos en muchos casos de las defensas que proporciona el juicio
por combate: transportándonos mas allá de las montañas para ser juzgados
por delitos supuestos: aboliendo el libre sistema de la ley imperial en
un
reino confinante: alterando fundamentalmente las formas de
nuestros gobiernos y nuestras propias legislaturas y declarándose el
mismo investido con el poder de dictar leyes para nosotros en todos los
casos, cualesquiera que fuesen. Ha abdicado el derecho que tenía para
gobernarnos, olvidándose de nosotros y poniéndonos fuera de su
protección: haciendo el pillaje en nuestros caminos; asolando nuestras
aldeas; quitando la vida a nuestros conciudadanos y poniéndonos a merced
de numerosos ejércitos extranjeros para completar la obra de muerte,
desolación y tiranía comenzada y continuada con circunstancias de
crueldad y perfidia totalmente indignas del jefe de un imperio
civilizado.
Ha compelido a nuestros conciudadanos hechos prisioneros a
llevar armas contra su patria, constituyéndose en verdugos de sus
hermanos y amigos: excitando insurrecciones domésticas y procurando
igualmente irritar contra nosotros a los habitantes de las fronteras,
los bárbaros y feroces cuyo método conocido de hacer la guerra es la
destrucción de todas las edades, sexos y condiciones.
A cada grado de
estas opresiones hemos suplicado por la ayuda y consenso en los
términos más humildes; nuestras súplicas han sido contestadas con
repetidas injurias. Un emperador cuyo carácter está marcado por todos
los actos que definen a un tirano, no es apto para ser el lider de un
reino libre.
Tampoco hemos faltado a la consideración debida
hacia nuestros hermanos los habitantes del Imperio; les hemos advertido
de tiempo en tiempo del atentado cometido por su legislatura en extender
una ilegítima jurisdicción sobre las nuestras. Les hemos recordado las
circunstancias de nuestra cultura y establecimiento en estos países;
hemos apelado a su natural justicia y magnanimidad, conjurándolos por
los vínculos de nuestro origen Norteño común a renunciar a esas
usurpaciones que inevitablemente acabarían por interrumpir nuestra
correspondencia y conexiones. También se han mostrado sordos a la voz de
la justicia y consanguinidad. Debemos, por tanto, someternos a la
necesidad que anuncia nuestra separación, y tratarlos como al resto del
género humano: enemigos en la guerra y amigos en la paz.
Por
tanto, Yo, Enolthar Vähn Drük Rey de Helcëdôr, desde el salón del trono
mas frío de toda Thalesia, apelando al Juez supremo del Universo, por la
rectitud de mis intenciones, y en el nombre y con la autoridad del
pueblo de estos territorios, publico y declaro lo presente: que estos
territorios son, y por derecho deben ser, un reino libres e
independientes; que están absueltos de toda obligación de fidelidad a la
corona imperial: que toda conexión política entre el reino y el Imperio
de Guardia del Norte, es y debe ser totalmente disuelto, y que como
reino libre e independiente, tengo pleno poder para hacer la guerra o la
paz, contraer alianzas, establecer comercio y hacer todos los otros
actos que
los reinos independientes pueden por derecho efectuar. Así
que, para sostener esta declaración con una firme confianza en la
protección divina, yo empeño mi vida, mi fortuna y mi sagrado honor.
Rey Enolthar Vähn Drük, señor de Helcëdôr.
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